Déjà Vu
Me desperté dentro de un sueño, creyendo que ya estaba despierto. Todo fue bien. Todo era tan natural.
Apagué el despertador dos o tres veces, como cada mañana. Corrí a la ducha desnudo, cruzando el pasillo. La luz mortecina que precede al amanecer entraba por el pequeño ventanuco del baño, así que tuve que encender la luz.
El agua helaba mis pies mientras el calentador hacía su trabajo en esa fría mañana de invierno. Agua templada: esperanza. Agua caliente: alivio.
Colgué la alcachofa (¿acaso la alcachofa de la ducha tiene otro nombre?) sobre su soporte y me metí bajo las decenas de chorros de agua caliente que me empapaban de arriba a abajo. Las células muertas y el sueño corrían hacia el desagüe dejándome fresco y limpio con ayuda del champú, gel y esponja. Hoy no tocaba afeitarse. Es lo que tiene ser un poco barbilampiño.
Esa mañana tampoco podía desayunar porque había apurado demasiado el abrazo de Morfeo. ¡Apenas 10 minutos para estar listo!
Toalla, desodorante y cepillo de dientes, uno detrás de otro sin demasiado cuidado. Ropa. Cualquier cosa estaría bien, como todos los días. Zapatos, abrigo, llaves, cartera…
Ya en la puerta con el abrigo puesto y las llaves en la mano un recuerdo sobre algo que me faltaba me sobrevino de repente ¡El móvil! Volví corriendo hasta la mesa donde lo dejé cargando y lo guardé en el bolsillo delantero de los pantalones.
Todo listo.
De nuevo recapitulé: llaves, cartera, móvil, chaqueta. Cerré la puerta con dos vueltas, como siempre. Llamé al ascensor y cuando se abrió sonó el despertador. Lo apagué dos o tres veces, como cada mañana. Corrí a la ducha desnudo, cruzando el pasillo. La luz mortecina que precede al amanecer entraba por el pequeño ventanuco del baño, así que tuve que encender la luz.
El agua helaba mis pies… Y tenía esa desagradable sensación de que esto ya lo había vivido exactamente igual. ¿Cómo la llaman? Ah, sí: déjà vu.
Ojos pequeños

Todo lo veía desde detrás de esos gruesos cristales que hacían sus, ya de por sí diminutos ojos, ínfimos. Casi como los de un ratoncillo de campo. No obstante, tenía una mirada atenta y firme. Graciosa, pero no chistosa. Jovial y tierna.
Era totalmente miope desde que tenía uso de razón. Comenzó con esas horrendas gafas de pasta para niños: monturas indestructibles y feas a partes iguales. Aún con la calidad de las gafas, su madre no confiaba en su capacidad para cuidarlas, así que además tenían las patillas enganchadas con una cuerdecita de color azul. Pero como eran las patillas – y no sus manos – las que estaban atadas, terminaba apañándoselas para perder la cuerda, romper las gafas y llegar a casa con un burruño de celofán atando el puente de la nariz. Detrás de las gafas, pese a todo, siempre había unos ojillos pequeñitos sonriendo en forma de dos medias lunas.
¿Cuántas gafas sujetaron esas orejas y esa nariz? Perdió la cuenta. Su madre también. Las tuvo de pasta, metálicas, redondas, de las que cubren la cara y de las pequeñitas y alargadas que sólo dejan enfocar el centro. Y el ciclo se cerró y volvió a usar gafas de pasta, como cuando era una cría que apenas sabía escribir. Unas mucho más modernas, pero de pasta al fin y al cabo.
Al contrario de parecer sus ojos marchitos tras dos culos de botella, brillaban detrás de los cristales como dos estrellas distantes.
Actualmente cada cierto tiempo se gradúa la vista. Siempre tiene un poquito más, así que sus cristales son cada vez más gruesos. Ella se ríe diciendo que un día los cristales serán tan gruesos que sus ojos desaparecerán. Pero sabe qué es lo que pasará al final, que perderá la capacidad de ver o tendrá un desprendimiento de retina (siempre le sale “propensa a desprendimientos de retina” en su visita al oftalmólogo).
Pero no le importa. Mientras tenga la capacidad de ver, seguirá mirando.
Beluga
Detrás de los cristales de su gran tanque observa curiosamente a los visitantes, como si ella fuera realmente la que está delante de un zoológico de humanos. Su gran cuerpo níveo se mantiene fresco en el agua que imita su hábitat natural: el ártico. Nada a placer cambiando entre pequeñas ventanas y posando para las fotos sin flash. Hace muecas y gestos incomprensibles, pero simpáticos. Mueve su gran cabeza hacia los lados, como saludando. Y abre la boca “diciendo” algo que nadie logra comprender.
Su compañera (o compañero) está inmóvil en un rincón del tanque, pegada a una valla. No interactúa ni con la otra beluga – la simpática – ni con los visitantes. Debe estar enferma, hambrienta o deprimida.
Según nos cuenta una cuidadora estas dos belugas provienen de un acuario argentino en el que hacían exhibiciones como los delfines, así que están entrenadas. Comenta también que los cristales a través de los que mira la beluga sociable en realidad son cristales oscuros para ella, así que no puede vernos. Sólo ve movimiento sombras, luces, pero nada concreto. Esto es así ya que, al estar entrenadas, podrían obedecer alguna orden dada sin querer por algún visitante y, por ejemplo, tirarse todo el día dando vueltas al tanque o haciendo cualquier cosa.
¿De verdad no nos ve? A veces se para delante de la ventana y parece mirarte incluso a los ojos.
Necesitan reposar, olvidarse del tiempo en el que fueron esclavas haciendo varios pases por día para divertir a pequeños y mayores. En cierto modo es incluso cruel que estén en ese tanque, pero dada su vida anterior probablemente no se adaptarían bien a la libertad en la naturaleza.
Para saber más: página de la wikipedia sobre la beluga.
Mi Flickr
He creado mi cuenta de flickr donde iré subiendo fotos con mi nueva cámara.
Una de zombies
- ¿Qué ha sucedido? Te he llamado en cuanto he encontrado una cabina segura.
- ¿Que qué ha sucedido? Estaba allí, mirándome con los ojos vacíos – Dijo el chico con voz trémula – Esos ojos que una vez me miraron con amor. Ahora no era ella, no podía serlo… Tenía algo extraño y vidrioso en la mirada. Un punto de locura. Y luego estaba esa sensación de que quería… quería…
- Devorarte.
- Eso. – dijo él, sin fuerzas.
- Conozco muy bien esa situación. ¿Cómo te has deshecho de ella?
- No lo sé muy bien, todo sucedió… tan deprisa. – dijo sollozando – Estaba removiendo la leña de la chimenea, pensando que estábamos seguros. Poco antes ella me dijo que iba a subir para comprobar la trampilla de la buhardilla y las ventanas del piso superior. Iba con una escopeta, así que no le di mayor importancia. Pero claro, las armas de fuego no son perfectas.
- Desde luego que no lo son. No hay que fiarse de ellas al cien por cien.
- El caso es que no oí ningún ruido. El cabrón del zombie que la mordió era sólo un cuello con cabeza, así que no hizo ni un grito gutural.
- También es casualidad que le quedara intacto el cerebro y pudiera seguir mordiendo…
- Sí – contestó él – Debió morderla mientras abría la trampilla o algo así. En apenas 10 minutos ella ya se había convertido. Ya sabes en qué jodido ser.
- Entiendo – Dije bastante apesadumbrada.
- Tenía el hierro que uso para remover la leña – continuó – Simplemente oí ‘ese’ grito, me giré y la vi bajo el quicio de la puerta, mirándome con hambre, observando mis movimientos como si yo fuera una presa de la que alimentarse. A pesar de que ya me ha pasado más veces… Demasiadas… Algo en mi interior quería creer que ella me reconocería y no se lanzaría simplemente a morderme.
- No queda nada humano dentro de ellos. Están muertos – Afirmé duramente.
- Lo sé, pero cuando te pasa no puedes evitar pensar que en ella será diferente. Dios, cuánto la amaba y ha terminado con el cráneo atravesado por el hierro al rojo vivo.
- Fuiste rápido.
- En realidad ya te digo que no sé lo que pasó exactamente. Cuando se abalanzó sobre mí perdí toda noción del tiempo y el espacio. Cuando volví en mí allí estaba con el hierro entrándole por la cuenca del ojo derecho y saliéndole por la parte trasera del cráneo. Disculpa, ahora vuelvo… – Al otro lado de la línea se oyó como vomitaba y maldecía – Dios… tenía unos ojos tan preciosos…
- ¿Me oyes? – Pregunté, pero no obtuve respuesta – ¿Hola? – Tras unos instantes volvió a coger el auricular.
- Perdona, esto me ha descompuesto bastante.
- No me extraña – contesté.
- Ahora tengo que deshacerme de los restos antes de que empiecen a pudrirse y alerte a más zombies.
- Sí, eso es importante. Pero tienes que hacer una cosa primero que no sé si habrás hecho ya.
- ¿El qué? – Inquirió.
- Tienes que matar al otro zombie, el que mordió a Claudia.
- Tienes razón. Se me había olvidado… – me contestó – Por eso te he llamado, porque tú sabes cómo controlar esta situación y mantienes la cabeza fría en momentos así. Había ido a verle después de acabar con la vida de ella. No me sentía con fuerzas para acabar con él y tampoco se movía demasiado…
- Me lo imaginaba, no te dejes vencer por tus emociones hasta que no estés a salvo.
- Sí, lo siento – dijo, sollozando de nuevo – Lo siento, lo siento…
- A mí también me afecta, no te creas, pero si queremos sobrevivir, lo primero es lo primero – dije sonando convincente, aunque muy dentro de mí estaba tan asustada como él.
- ¡Aaaaaah! ¡Su puta madre! – Se oyó un disparo y el golpe del teléfono estrellándose contra el suelo. Luego se cortó.
Volví a llamar. Estaba comunicando. Lo intenté una y otra vez, hasta que desistí. El teléfono se habría roto en la caída. Un par de minutos más tarde recibí un SMS que decía: “Tenías razón. Había otro por la casa (la mitad superior de un zombie muy descompuesto). Mientras hablaba contigo se ha arrastrado hacia mí y me ha mordido. Después de este mensaje me suicidaré de un disparo en la cabeza. Antes me los he cargado a todos. Adiós amiga.”
Buenos presagios (2009)
Se puede sacar belleza de cosas inesperadas como, sin ir más lejos, fotografías de la guerra, del hambre encarnado en niños tercermundistas o de una colorida montaña de basura.
Los humanos podemos destilar sonrisas de la inmundicia. Sabemos crear un castillo de naipes de una baraja de 39 cartas gastada. Podemos sufrir un accidente aparatoso y dar gracias simplemente por seguir con vida, sin importarnos daños materiales o piernas rotas.
Somos así de increíbles.
He visto a gente sonreír en el tanatorio mientras vela a uno de sus seres más queridos, porque sus amigos han venido a acompañarle, sin importar qué estaban haciendo, anteponiendo la amistad a cualquier otro compromiso.
Sabemos exprimir el ánimo del desánimo, el amor del desamor y la alegría de la tristeza. Sabemos, porque lo he visto. Y tú sabes que sabemos, porque lo has visto, lo has hecho o has visto que alguien ha podido hacerlo… Y sin embargo, a veces no conseguimos sacar fuerzas para ver el lado positivo.
Este es un llamamiento a girar el caleidoscopio para alucinar con los nuevos colores de “lo mismo de siempre”. Una voz desde alguna parte de la oscuridad que te grita que este próximo año 2009 va a ser estupendo. Un año de cambios, una ventana a un futuro lleno de posibilidades, una semilla que germina, una nube que deja paso a un arcoiris…
¡¡Feliz 2009 desde el País de la Piruleta!!
Danza oriental
Llego tarde al gimnasio, como casi siempre.
Saludo a la gente que conozco y salgo disparada hacia el vestuario con mi bolsa repleta de gasas y pañuelos de monedas. Voy al fondo a la izquierda. Las costumbres son difíciles de ignorar e introduzco el mismo euro de siempre en la misma ranura de la misma taquilla de siempre: la 143.
Ahora que ya estoy aquí me tranquilizo un poco. Comienzo el destartalado ritual de sacar la ropa en el pequeño espacio entre el banco y la taquilla. Coloco como puedo mi ropa de calle colgando cualquier manera en las dos pechas de siempre y lanzo los zapatos al fondo de la taquilla, mientras empiezo a notar el “mono” de bailar.
¿Qué traje he escogido hoy? Mallas cortas negras, falda de gasa también negra, camiseta roja de espejos y zapatos a juego. El pañuelo es uno que compró mi abuela en El Cairo y me regaló tiempo después, cuando supo que me había apuntado a clases.
Termino de prepararme, cierro la taquilla y como una exhalación vaporosa corro hacia la clase, que ya ha empezado. Sonrío a mis compañeras y saludo a la profesora. Busco un hueco entre las chicas.
Todas estamos disfrazadas con cierto aire arabesco. Todas estamos joviales disfrutando de sentirnos únicas frente al espejo, aprendiendo a hacer malabares con la cadera, rotaciones imposibles con el cuello y movimientos sensuales con el vientre. De eso se trata.
Esa hora es nuestra y de nadie más. Nos sentimos criaturas especiales creando una atmósfera de sensualidad y armonía, sin importarnos si resultamos ridículas, si estamos feas a los ojos de los demás o si alguien nos mira. Hay seguridad en nuestros movimientos, aunque no sean perfectos, hay compañerismo enseñándonos entre nosotras, hay complicidad por compartir algo tan único como un baile ancestral.
Hay incluso, me atrevería a decir, divinidad en nuestro baile. Todas somos las diosas de la fertilidad danzando en el bosque, frente a un lago. Inmortales, tan livianas que parecemos casi incorpóreas, felices por bailar y otorgarnos ese regalo mágico y simple.
Quien no baila no sabrá entender a qué me refiero…
I am a vampire
Empiezo como una canción de la banda sonora de Juno.
En estos tiempos que corren, ser descendiente de Vlad Tepes no es nada divertido, con la crisis y todo eso…
Para colmo mi hacedor ha decidido que un vampiro no puede tener los dientes torcidos. Y mucho menos los colmillos. Así que se está gastando una pasta en colocármelos.
Nadie se puede hacer a la idea de lo carísima que es una ortodoncia para nosotros, con todo el tema de los colmillos retráctiles. Y dejando hueco para podernos alimentar…
Yo no entiendo nada. Sólo quiero ser un vampiro normal: salir por la noche, divertirme con mis amigos, cazar un poco. Nada fuera de lo común.
Y para rematar, tengo halitosis.
Escritura automática-nostálgica
No hay dibujo hoy, por ser el primero…
No hay nada más que un montón de palabras soltadas al azar para rellenar lo que un día será.
Es domingo, hace frío, la noche arropará mis sueños, pero yo no quiero viajar a ellos todavía.
Ojalá pudiera parar el tiempo y vivir varias vidas en cada instante, para que no quedara nada sin hacer: ni un libro sin leer, ni una foto sin observar, ni un amanecer sin contemplar, ni una sonrisa que otorgar, ni una palabra que decir…
Mas no puede ser. Creadora de nada, consumidora de poco, artista mediocre, escritora a medias. Eso soy. Hoy soy.
Buenas noches.




